Cada año, en Semana Santa, miles de peregrinos de colonias populares, barrios y pueblos de la Ciudad de México y el Estado de México recorren a pie decenas de kilómetros cargando cruces, cobijas y la memoria de sus muertos para llegar al segundo santuario más visitado del país. La Peregrinación a Chalma es uno de los momentos más esperados para muchos.
Por Mauricio Tizapán / @TizapanMauricio
Estado de México, 3 de abril de 2026.- Desde Tlalnepantla, Tepito, Ecatepec y decenas de colonias populares de la Ciudad de México, miles de personas iniciaron esta semana la caminata anual hacia el Santuario del Señor de Chalma, ubicado en el municipio de Malinalco, Estado de México. La peregrinación, conocida coloquialmente como “ir a Chalma”, es una de las expresiones de fe popular más masivas del centro del país y atraviesa una ruta de montaña que cruza varios pueblos del Altiplano y los bosques del Estado de México. Este viaje representa la importancia de la Peregrinación para los religiosos y devotos.
El trayecto parte desde distintos puntos de la metrópoli y atraviesa el Valle del Conejo, San Pedro Atlapulco, Xalatlaco, Santa Martha, el Arenal y el Ahuehuete antes de descender hacia Chalma. Los caminos son rocosos y con pronunciadas subidas y bajadas, con paisajes boscosos, húmedos y cálidos. Las y los peregrinos acampan donde los alcanza la noche o avanzan de madrugada, cargando casas de campaña, bolsas para dormir, cobijas, botellas de agua, cruces de madera y mantas con oraciones.
Las playeras y pancartas que portan los grupos identifican el origen de cada peregrinación: “Chalma-Tlalnepantla 2026”, “Tepito” o “Ecatepec”. Son barrios y colonias que envían delegaciones año tras año, en una práctica que funciona como reafirmación comunitaria tanto como acto devocional. Familias completas hacen el recorrido: bebés cargados en brazos, niños, adultos y personas mayores caminan juntos al ritmo de rock en inglés, rock nacional, rap, reguetón y cumbia que sale de bocinas portátiles.
En el camino, vecinos de los pueblos que atraviesa la ruta reparten tacos de guisado, tortas, naranjas y agua a quienes pasan. La solidaridad alimentaria es parte del ritual: dar de comer a los peregrinos es, también, una forma de participar en la tradición sin salir de casa.
Las motivaciones para caminar son diversas: cumplir una manda, agradecer haber sobrevivido otro año, honrar a una persona fallecida. Muchos portan fotografías de sus muertos o crucifijos de madera que cargan durante horas como parte del peso que decidieron asumir.
Un sincretismo de siglos
El Santuario del Señor de Chalma fue fundado por frailes agustinos en el siglo XVI en un sitio donde los pueblos originarios veneraban a un ídolo dentro de una cueva. Según la tradición, esa figura apareció destruida y en su lugar surgió un Cristo negro, conocido hoy como el Señor de Chalma. Lo que los documentos coloniales presentaron como un milagro fue, en los hechos, la superposición del culto cristiano sobre un espacio de devoción prehispánica.
La historia del Señor de Chalma se vincula con antiguas deidades mexicas como Tezcatlipoca, asociado a la noche y a las cuevas un dios al que fuentes locales relacionan directamente con el señor de las cuevas venerado antes de la llegada de los agustinos. Según testimonios recogidos en el camino, en la época prehispánica los guerreros Águila y Jaguar realizaban danzas rituales en ese sitio antes de continuar hacia Malinalco, donde completaban su formación militar. El Santuario de Chalma, en ese sentido, no nació cristiano: fue cristianizado.
Investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia señalan que el ritual del baño en el manantial del Ahuehuete, que realizan los peregrinos antes de entrar al templo, tiene raíces prehispánicas, cuando el sitio era un centro ceremonial donde el agua simbolizaba purificación espiritual. Hoy, quienes llegan al Paraje del Ahuehuete se mojan o se bañan por completo, se colocan coronas de flores y continúan hacia el santuario.
El santuario es considerado el segundo sitio religioso más visitado a nivel nacional, superado únicamente por la Basílica de Guadalupe. Durante el periodo de Semana Santa, puede recibir entre 1.5 y 2 millones de visitantes.
El pueblo que vive de la fe
Chalma está enclavada entre cerros. Su economía descansa en la elaboración de palanquetas y panes hechos al horno que se venden a los peregrinos que llegan después de días de caminata. Quien llega al santuario encuentra ríos con agua abundante, fruta fresca, dulces típicos y la posibilidad de beber agua directamente de manantiales naturales, un contraste notable con las zonas urbanas de donde vienen la mayoría de los caminantes.
La peregrinación a Chalma no es un evento de Semana Santa. Es una práctica continua que se intensifica en fechas religiosas y que, en su forma actual, condensa siglos de negociación entre la devoción de los pueblos originarios y la imposición del catolicismo colonial. Lo que camina por esos cerros no es solo fe: es también memoria, comunidad y resistencia popular.





















