Por Max González Reyes
Inició el año 2026 y como todos los años trae infinidad de preguntas, pero sobre todo nuevas sorpresas. Apenas habían pasado algunas horas y un sismo de 6.5 grados cuyo epicentro fue San Marcos, en el estado de Guerrero, sacudió al país sin tener mayores consecuencias.
Sin embargo, la noticia más relevante de estos primeros días del 2026 es, sin duda, la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por parte del gobierno de Estados Unidos, encabezado por Donald Trump.
Sobre el tema hay muchas versiones e interpretaciones según el ángulo que se le quiera mirar. Las posturas son tan encontradas como irreconciliables. Para los que se hacen llamar de izquierda, la intervención norteamericana es una violación a la soberanía; pero para los que comulgan con la derecha, la acción de Trump tiene sentido y era necesario.
Es innegable que el régimen de Maduro es una continuación de lo que dejó Hugo Chávez tras su muerte. Ese régimen tenía bastantes detractores. Es incuestionable que cada vez se cerraban más los espacios democráticos dentro del país venezolano. La credibilidad de Maduro era cada vez más débil puesto que los espacios de disenso eran cada vez menos. Internamente se vivía una simulación democrática, porque el Estado controlaba todas las áreas. En realidad, era una dictadura. Desde que Hugo Chávez gobernaba se crearon leyes a modo, y con Maduro se cerraron aun más los espacios de disenso. La polarización social y política era cada vez mayor. Desde afuera, se veía que no había forma de mover un sistema que se controlaba desde y para el poder. Como su antecesor, Maduro dejaría la presidencia hasta su muerte, y en el camino formaría a su heredero en el afán de continuar el régimen. Así trasladan el poder las dictaduras.
Sin embargo, eso no justifica la intervención norteamericana. Al parecer, América Latina sigue siendo vigilada por Estados Unidos. Esta invasión recuerda las intervenciones en Chile, en Guatemala, en Panamá y desde luego en Cuba durante el siglo pasado. El pretexto norteamericano para invadir Venezuela es lo más absurdo, porque todos sabemos que a Estados Unidos no le interesa la democracia ni las libertades de ese país, sino lo que verdaderamente busca es el petróleo de la región.
Estados Unidos no busca restaurar la democracia ni la pluralidad en Venezuela, lo que realmente pretende es mantener el control sobre el hemisferio occidental, para así evitar que países como China, Rusia o del medio oriente tengan influencia en América Latina. Venezuela, al tener relaciones comerciales con China era una amenaza para Estados Unidos.
Es un hecho que, desde Chávez la economía venezolana ha venido en picada. Cada vez hay más ciudadanos que deciden salirse del país buscando mejores oportunidades en otras regiones, particularmente en Estados Unidos, derivado de la situación económica y política de Venezuela. Ese fue el pretexto perfecto para “justificar” la invasión norteamericana. Muchos venezolanos pedían a gritos la destitución de Maduro.
Es correcta la postura de varios países, incluido México, que señalaron que con la intervención norteamericana se violó el derecho internacional. Sin embargo, no se puede olvidar que el régimen de Maduro reiteradamente violó derechos humanos, leyes y tratados internacionales. Aunque eso no justifica la intervención, pero sí abona para que los detractores de Maduro sonrían al gobierno norteamericano.
Lo peor del caso es que el pueblo venezolano quedó en medio de unos y otros. La protección norteamericana la tendrán hasta que convenga a Trump, no habrá democracia ni gobierno propio. El petróleo sólo cambia de destinatario y ellos, los venezolanos, sólo observan cómo saquean a su país.
Tristemente es un juego en el que todos pierden: Donald Trump muestra su verdadera cara; Venezuela sigue siendo saqueada y los organismos internacionales sólo observan como son burlados sin que nadie los tome en cuenta.
En lo que respecta a México, la intervención a Venezuela pone en alerta al gobierno de Claudia Sheinbaum. Fue por ello que el pasado lunes 12 de enero la presidenta Claudia Sheinbaum sostuvo una conversación telefónica con el presidente norteamericano. La mandataria informó que derivado de esa conversación, está descartada una intervención militar de Estados Unidos a territorio mexicano. No obstante, según dijo Sheinbaum, Trump ofreció el envío de tropas para combatir a los cárteles de la droga, a lo que ella se negó. De igual manera, le expresó su rechazo a la intervención militar a Venezuela.
Estas declaraciones pueden dar cierta tranquilidad a la mandataria y al país en general. Sin embargo, no se puede confiar en la palabra del presidente norteamericano. Está comprobado que así como hoy promete una cosa, al día siguiente hace otra. En el fondo, la amenaza sigue presente y si Trump invadió Venezuela lo mismo puede hacer con México. Ya se ha demostrado que al presidente norteamericano no le interesa respetar los tratados internacionales e incluso los derechos humanos. Si están en juego los intereses de Estados Unidos, Trump no dudará en aplicar lo mismo a México.
Si bien, el gobierno de la Cuarta Transformación mantiene un discurso anti norteamericano, esta postura puede ser contraproducente a la hora de enfrentarse al país vecino. Es un hecho que la estrategia de seguridad que se implementó desde el sexenio pasado no ha dado resultados. La política de “abrazos no balazos” que implementó el ex presidente Andrés Manuel López Obrador fue un fracaso. Desde que gobierna la 4T se han fortalecido las organizaciones del crimen organizado, además que la violencia ha despuntado, pese a que el discurso oficial diga lo contrario. Mientras Trump asegure que son los cárteles los que gobiernan México, la amenaza está latente.
En Palacio Nacional deben estar muy preocupados por lo que decida el gobierno de Estados Unidos porque sus ojos están puestos en lo que pasa en México. De ahí la importancia de la llamada telefónica que da cierta tranquilidad, pero no quita la amenaza.





