A un año y nueve meses del cierre comunitario, los Pueblos Cholultecas sostienen la defensa del territorio mientras la vida reaparece sobre un suelo saturado de veneno.
Texto y fotografías: María Pichardo Ramírez / mar_visual_
El Basurero Intermunicipal de Cholula es más que un tiradero: fue una herida abierta durante años mientras llegaban camiones desde más de veinte municipios de Puebla y otros estados. Hoy, aunque el acceso permanece cerrado desde hace un año y nueve meses por decisión de la Unión de Pueblos, el territorio vive un proceso de recuperación que avanza entre contaminación, abandono institucional y la determinación comunitaria por sanar la tierra.
A primera vista, el paisaje parece muerto. Los montículos de desechos siguen ahí: secos, endurecidos, mezclados entre cárcamo, lixiviados y metal. Pero basta detenerse unos minutos para sentir que el daño es más profundo. Bajo la superficie existe otra montaña de basura, del mismo tamaño que la visible: una masa compacta que filtró durante décadas lixiviados cargados de mercurio, arsénico, plomo y cianuro. La tierra cruje bajo los pies como si la memoria del daño intentara emerger sin romper la costra que la contiene.
La vida persiste: ratas, abejas meliponas y el Bosque Palestina Libre
Un integrante de los Pueblos Cholultecas organizados, quien ha acompañado el proceso desde el inicio, recuerda que tras la clausura comunitaria del basurero la transformación fue casi inmediata. “A los seis meses vimos especies que creíamos perdidas”, cuenta con la certeza de quien ha visto a la tierra responder antes que cualquier institución.
Las primeras en aparecer fueron las ratas: unas veinte en un solo día. Para muchos simbolizan suciedad; aquí representan otra cosa. Son el indicio de que el ciclo natural intenta activarse pese al veneno. Remueven, fragmentan, limpian lo que la tierra procesa con los pocos recursos que le quedan.
El Bosque Palestina Libre, creado por acuerdo de la asamblea de los Pueblos Cholultecas, comenzó a levantarse el 9 de junio de 2024. Su nombre honra al pueblo palestino que hoy sufre un genocidio y recuerda que este territorio también vivió uno hace más de quinientos años. Desde entonces, cada sábado de 10 a 2 pm se realizan faenas comunitarias.
Hasta ahora se han sembrado 275 especies nativas: huejote, fresno mexicano, capulín, maguey, ocote, peras, manzanas, tejocote, ahuehuete, chabacano, salvias, árnica y romero. A pesar de los escurrimientos tóxicos, alrededor del 95% ha sobrevivido. Verlos firmes en un suelo saturado de químicos es un recordatorio de que la naturaleza avanza cuando las comunidades la acompañan.
Entre paredes perforadas por maquinaria también reaparecieron abejas meliponas: pequeñas, negras, silenciosas. Una especie nativa en riesgo que no debería buscar refugio en un basurero ni en un suelo contaminado con metales pesados, pero lo hizo. Formaron su casa justo donde antes corrían los veneros que los abuelos llamaban “las venas de la tierra”.
Ese pequeño panal interpela todo: ¿Qué entiende la naturaleza que como sociedad seguimos negando?
Contaminación del agua: Presencia de mercurio y cianuro en Cholula
En las orillas del basurero un perro apareció con un pedazo de carne fresca entre los dientes. No la encontró en el monte: alguien la arrojó allí. Vecinos del plantón explican que, aunque el basurero está clausurado, durante las madrugadas siguen llegando autos a tirar residuos; camionetas pequeñas se detienen unos minutos, confiadas en la oscuridad de la carretera. El viento arrastra olor a plástico húmedo, pero también trae polen, y entre costras de desechos brotan pequeñas flores que aparecieron solas.
Debajo late otra herida que la comunidad decidió investigar por su cuenta. En el terreno donde pretendían instalar un nuevo tiradero —de no haber sido detenido por la organización comunitaria— se excavó un pozo de 34 metros para analizar el agua. Los estudios, costeados por los propios pueblos ante la indiferencia institucional, confirmaron lo que temían: presencia de mercurio, arsénico, plomo y cianuro.
Aunque el basurero permanece cerrado, el proceso legal continúa. No existe garantía de que no intenten reabrirlo o imponer otro proyecto. Pero eso no implica debilidad: significa que la lucha sigue activa.
Las autoridades llegan poco, miran rápido y se van. Una funcionaria llegó hace un año a decir que “no olía tan mal” y que había lugares “peores”, intentando minimizar lo evidente. Esa indiferencia también contamina. Pero la tierra no espera permisos, y los pueblos lo saben. Por eso permanecen: reforestando, cuidando el Bosque Palestina Libre, vigilando, limpiando lo que otros tiran. No como héroes, sino como quienes comprenden que si ellos no protegen la vida, nadie lo hará.
A un año y nueve meses de la clausura, la Unión de Pueblos contra el Basurero sostiene el plantón con una consigna firme: ¡Ni un kilo de basura más! Y continuarán ahí hasta que ese espacio sane.
Entre árboles que se aferran al suelo contaminado.
Entre ratas que recuerdan que la tierra se mueve incluso bajo el veneno.
Entre abejas meliponas que eligieron un basurero para sobrevivir.
Entre pueblos que convierten el cuidado del territorio en una forma de autogobierno.
Los Pueblos Cholultecas resisten.
Y es su libre determinación la que mantiene cerrado el basurero,
la que sostiene la defensa de la vida
y la que seguirá recuperando este territorio herido.

















