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Lo público como propiedad

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El PT en el Plan B y la revocación de mandato

Por Max González Reyes

Carlos Hank González, quien fue gobernador del Estado de México, y Jefe del Departamento del Distrito Federal en los años setenta y ochenta, decía que “un político pobre, es un pobre político”. La frase es el reflejo de toda una época donde el Partido Revolucionario Institucional (PRI) marcaba el ritmo de la vida política. Durante ese régimen ser político significaba tener posesiones, influencias, servidumbre y sobre todo un cargo público que permitía dar el “charolazo” para tener acceso a privilegios y gozar de prestigio. El régimen del PRI se caracterizó por el despilfarro, la opulencia y el abuso.

Los políticos de la época clásica del PRI acumularon excesos que a la postre los fueron separando de las demandas sociales, de tal modo que cualquier político se le vio como un corrupto. Esos excesos fueron desgastando al régimen, de tal manera que atacar a la clase política se volvió campaña política. Ese fue el caso del candidato Andrés Manuel López Obrador quien tomó como parte fundamental de su campaña “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo”. Desde 2006, en su primer intento por llegar a la presidencia, su discurso fue acabar con los privilegios; lo repitió en 2012, y finalmente logró llegar a la presidencia con una campaña radical siendo el representante de los que menos tienen. Su discurso cavó hondo de tal manera que a la fecha es el presidente más votado de la historia.

El discurso renovador de AMLO lo denominó “Austeridad Republicana”, entendida como una conducta que todos los poderes y órganos autónomos debían acatar para combatir la desigualdad social, la corrupción y el despilfarro de bienes a través de una administración eficiente y transparente de los recursos públicos.

Sin embargo, el discurso de la Cuarta Transformación se topó con una realidad distinta. Hoy vemos con tristeza que el grupo gobernante acumula varios casos de abusos, opacidades, despilfarro y corrupción que en otros países habrían provocado renuncias inmediatas y hasta efectos legales. Pero en este país se dejan pasar como si nada hubiera pasado.

Recientemente se difundieron una serie de notas en torno a que el hijo del secretario de Economía, Marcelo Patrick Ebrard Ramos, estuvo viviendo al menos entre octubre de 2021 y abril de 2022, en la embajada de México en Londres, mientras su papá era el secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno de López Obrador. La estancia en la sede diplomática incluía no solo el hospedaje durante su estancia por estudios de maestría, sino también de todos los servicios de la residencia: aseo de los espacios, lavado y planchado de ropa, y preparación de alimentos con cocinera personalizada. Reportes señalan que rentar un espacio así ronda entre las 3 mil 200 y 4 mil 600 libras al mes, es decir, entre 80 mil y 115 mil pesos.

Una vez que se divulgó la información, en primera instancia por el periodista Claudio Ochoa Huerta, y ampliada posteriormente por el periódico español El País, el propio secretario confirmó la noticia. El funcionario argumentó que no veía abuso en el uso de la embajada como hostal. Para él no hay nada que reclamarle, pues como todo padre preocupado, busca lo mejor para su hijo y más estando lejos.

La responsabilidad paterna del encargado de la Economía del país no queda en duda. Es todo un padre ejemplar. Sin embargo, no todos tienen la posibilidad de tener como hotel la embajada mexicana en Londres. Desde luego, los gastos del estudiante e inquilino corrieron a cargo de la embajada, es decir, de los impuestos que los ciudadanos mexicanos aportamos para mantener la embajada londinense.

Siendo realistas, este tipo de notas no sorprenderían en el tiempo de Carlos Hank. Como se recordará, el régimen priista no solo abusaba sino exhibía la opulencia de la clase gobernante. Sin embargo, el discurso de austeridad que mantuvo el pasado gobierno y que mantiene el actual, tuvo (y tiene) su éxito en acercarse al pueblo e identificarse con él y pregonar una vida sin lujos y sin ostentaciones. Pues bien, estos acontecimientos contrastan de manera clara con el discurso que dicen enarbolar.

Pero lo más grave del caso son las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum. En una de sus conferencias mañaneras le preguntaron sobre Ebrard. La presidenta dijo que el funcionario está haciendo un excelente trabajo al frente de la Secretaría de Economía. Añadió que también fueron excelentes sus desempeños como titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores (2018-2023), periodo en el que ocurrió la estancia de su hijo en la embajada; e incluso como Jefe de Gobierno de la capital (2006-2012).

No se pueden alegar falta de recursos del secretario para mantener la estancia de su pupilo en una universidad europea, pero de eso a que se aloje por meses en la embajada es un descaro y ofensa para México y para el gobierno que dice defender.

Desde tiempos de la Colonia en México se toma como propio lo que es público. A pesar del discurso renovador, eso no ha cambiado nada. El despilfarro del régimen del PRI sigue presente en los gobiernos de la Cuarta Transformación: si soy secretario de Relaciones Exteriores me corresponde ocupar la embajada, y ahí puedo colocar a mi hijo.

La noticia se divulgó y se abrió una investigación que desde ahora anticipamos no pasará del escritorio para mandarse al archivo. En cualquier otro país de Europa este tipo de hechos hubieran implicado una denuncia, cese del funcionario y llevado a cabo una investigación seria donde el primer responsable sería el propio secretario. Aquí no hubo condena sino palabras de alago y un aquí no pasó nada. Tenía razón Carlos Hank: un político pobre, es un pobre político.

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