Destacar el prefijo neo del neofascismo no es un simple ejercicio que deriva de las vanguardias artísticas o las modas académicas. El prefijo intenta trazar una línea de continuidad y cambio con los diferentes fascismos que a lo largo del siglo XX han emergido, explosionado, diseminado y disuelto, pero sin jamás desaparecer en su integridad, manteniendo su latencia en la forma del capital. En las líneas que siguen dejo de lado el análisis de los aspectos culturales y simbólicos, para concentrarme en los elementos estructurales que permiten comprender su emergercia.
Lo que podríamos llamar como los fascismos históricos van a emerger en diferentes países (Alemania, Italia, España, etc.) en las primeras décadas del siglo XX y comparten, a grandes rasgos, un mismo suelo económico, político, social y cultural. La mayoría de sus principales figuras fueron militares (Hitler y Mussolini fueron cabos, mientras Franco fue general); tanto la crisis del liberalismo (y su democracia representativa) como la crisis del proceso de acumulación del capitalismo son centrales para entender su ascenso, particularmente en el caso de nazismo. También se caracterizaron por oponerse a la Revolución Rusa y ser profundamente anticomunistas.
Los fascismos históricos trataron de constituir una sociedad militarizada, policial, estratificada y orientada a la guerra, que era necesario para sostener otras de sus características esenciales: la superioridad racial, el nacionalismo excluyente y otras formas de supremacismo, que desembocaron en el exterminio, el genocidio y las prácticas de eugenesia. Una cara, no siempre tematizada y reconocida, de los fascismos históricos es el colonialismo de las potencias imperiales; si ampliamos su caracterización a esta dimensión, entonces comprendemos que Gran Bretaña y Francia, con sus violentas ocupaciones y los despojos de los recursos en África y Asia, también practicaron un imperialismo fascista colonialista. Esta ampliación conceptual ayuda comprender la línea de continuidad con el tipo de fascismo sionista y colonialista de Israel en Palestina y el respaldo que ha tenido por parte de esos países, incluido su ignominioso silencio frente al genocidio en Gaza.
Algunos de estos rasgos son directa o veladamente compartidos por los neofascismos que emergieron a partir de los años 80 y que después de 50 años de neoliberalismo han comenzado a tener una base de apoyo social. La bastarda apropiación del concepto gramsciano de “batalla cultural” y el respaldo al Presidente argentino Javier Milei son sus síntomas más claros. Pero los neofascismos, extremas derechas y las derechas son más peligrosas, precisamente porque han logrado asentarse en la producción de una subjetividad y relaciones sociales que le son propicias. Estamos hablando de que cuando menos tres generaciones han sido reformateadas en clave neoliberal. Subjetividades sin memoria, hipersensibles, desproletarizadas, cutáneas, cambiantes, despolitizadas, precarizadas, sin el sentido de lo colectivo, inmediatista y sin anclajes en tradiciones (con todo lo problemático que puedan ser); una subjetividad que, en parte, no hace sino responder a la misma crisis del capital, el deliberado deterioro de los sistemas educativos, la radical subordinación del Estado al valor de cambio y su renuncia a ejercer la soberanía y la defensa de los pueblos y la pérdida de un horizonte estable de reproducción material de la vida.
Si bien los neofascismos se embridan con los fascismos históricos y reelaboran parte de su agenda genocida, sofisticando sus formas y despertando de su latencia, no dejan de tener rasgos más sutiles puesto que emergen a partir de la misma mutación que ha experimentado el capital en los últimos 50 años. Precisamente porque el neofascismo emerge en el contexto del neoliberalismo resulta adecuado anteponerle el prefijo neo. El neo es el signo y síntoma de su temporalidad histórica caracterizada por la crisis de acumulación del capital que dará la pauta para la configuración material, económica y política del capitalismo de los últimos decenios y que se expresa en la financiarización, la deuda y la autonomización del capital tecnológico. Esta relación además manifiesta un similar paralelismo que mencionamos más arriba: así como los fascismos históricos emergen en el contexto de las democracias liberales representativas, de similar manera los neofascismos surgen en la base material desarrollada por el neoliberalismo.
Ahora bien, específicamente ¿cuál es la relación de estos últimos? La crisis de acumulación del capital lleva sistemáticamente a buscar nuevas fuentes para compensar la caída de las ganancias. Además de la desregularización de la economía, la flexibilización del trabajo y la privatización de bienes públicos y colectivos, procederán a financiarizar la economía mediante estrategias de especulación, crédito, deuda y emisión de moneda. Esto significa que en lugar de reinvertir el capital en la producción de mercancías, bienes materiales y los procesos productivos, se destinan a fondos de inversión y toda una fantasmal ingeniería financiera. Es decir: en lugar de reinvertir el capital en materia prima, tecnología y fuerza de trabajo, según la clásica fórmula C-M-C1 (capital+mercancía+capital1), se coloca el capital en inversiones, según la fórmula C-C1-C2. Ese cambio fetichista supone una transformación radical de carácter necropolítico porque supone que los trabajadores y trabajadoras pueden ser, por primera vez en la histórica, sencillamente expulsados del ciclo de reproducción del capital, convirtiéndose desde su nacimiento en descartables (es un cambio fetichista porque el valor sólo lo produce el trabajo abstracto). De esta constitución de las personas como descartables desde su nacimiento deriva el primer carácter neofascista del neoliberalismo.
Pero también la crisis de acumulación del capital ha llevado a la aceleración de las fuerzas productivas, en cuyo seno están la ciencia y las aplicaciones tecnológicas. Como es sabido, la pandemia del COVID-19 que asoló al mundo del 2020 al 2023 aceleró los proceso de tecnologización que ya estaban al orden del día desde hacía un par de décadas, hasta el punto de autonomizarlo para constituirse en capital tecnológico (en un movimiento fetichista similar al de la financiarización de la economía). De esa manera, de constituir un medio tecnológico que coagula trabajo muerto para la producción del ciclo del capital, se autonomiza para generar sus propias ganancias, embridándose con la ingenieria financiera.
Pero, además, la automatización en varios sectores de la economía, las aplicaciones para realizar compras y servicios de todo tipo, el desarrollo de la IA, los bots, el bigdata y otras intensificaciones tecnológicas han llevado al doble efecto de un mundo cada vez más dependiente de la tecnología y menos necesitado de los trabajadores/as. Mientras se crea una inusual capa de oligarcas de las tecnologías que se sitúan en la cima de los multimillonarios, también se produce una ingente masa de personas sumidades en la precarización y su condición de descartables precisamente por las automatizaciones, robotizaciones, innovaciones tecnológicas y maridaje con la financiarización. Los sueños utópicos de los aceleracionistas y oligarcas de una sociedad sin humanos (“singularidad tecnológica”, le llaman) parecen volverse reales, pero al mismo tiempo se constituyen en una terrorífica distopía para la clase trabajadora que puede verse expulsada, por segunda vez, del ciclo del capital.
De esta manera, por ese doble proceso de la financiarización de la economía y autonomización del capital tecnológico, asistimos a constitución de las personas como descartables desde su mismo nacimento y por lo tanto, pueden ser eliminables, situándose en una línea de continuidad con los fascismo históricos. De esa manera, sin empleos, con salarios miserables, precarizados, prescindibles y expuestos a enfermedades y cambios climáticos, no hace faltar montar una “fabrica de muerte” para recluirlos y exterminarlos como en el régimen nazi. Lo paradójico de esto es que los únicos que producen el valor y plusvalor son los trabajadores y en la medida que se les expulsa a éstos del ciclo del capital bajo la fetichización de que el dinero produce dinero y la tecnología produce valor, asistimos a una agudización de la crisis, apenas relentizada y pospuesta, del sistema capitalista.
Precisamente por esta agudización de la crisis en la acumulación del capital es por lo que se han intensificado las guerras imperialistas en las que vemos embridarse, tanto al capital financiero como al capital tecnológico en la industria militar necropolítica. Los casos del genocidio en Palestina por parte del Estado criminal sionista de Israel; la guerra entre Rusia y Ucrania; y la agresión criminal del eje del mal de Estados Unidos/Israel contra Irán; así como el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, son parte de esta escalada imperial neofascista. La industria militar y armamentista de Estados Unidos, la OTAN e Israel no sólo promueve invasiones y guerras, no sólo consume presupuestos públicos que deberían destinarse a la educación y salud, sino que cotiza en la bolsa de valores y constituye fondos de inversión manchados con la sangre de los miles de niños/as palestinos asesinados con el programa de IA que usó Israel: Lavender.
No es casualidad que en ese contexto, los fascismos históricos, cuya latencia pervive subterráneamente en la misma necesidad de acumular del capital, terminen por resurgir con fuerza en la emergencia de los neofascismos. Así, el colonialismo de las decadentes potencias de Gran Bretaña, Francia y Alemania resurge en el colonialismo fascista de Israel. De similar manera el supremacismo de los oligarcas de las tecnologías no hace sino actualizar el viejo sueño de Hitler de un mundo dominado por la excepcionalidad del ario, pero ahora transformado en “singularidad tecnológica”, IA y cyborgs que prescinden de la molesta clase trabajadora que exige derechos laborales, vacaciones y una jubilación digna, según las tesis que van del multimillonario tecnofascista Peter Thiel al filósofo del aceleracionismo Nick Land y su séquito de admiradores en la academia, los chats de tecnólogos y oficinas del Silicon Valley. Para estos neofascistas, las automatizaciones, IA, bots, bigdata, pueden prescindir de la humanidad y, de hecho, ser eliminables porque no son necesarios en ese mundo poscapitalista de bellos y sensuales robots.
Si el signo de esta continuidad colonialista imperialista y fascista (de las potencias en decadencia) con la deriva financiera, la IA y los oligarcas de las tecnologías, es el programa Lavender que usó Israel en su genocidio en Gaza; el puntual retrato de esta emergencia de los neofascismos y su vinculo con el poder imperialista, el capital financiero y los nuevos oligarcas del capital tecnológico, es la fotografía de la toma de protesta de Donald Trump como 47° Presidente de Estados Unidos, en la que aparece rodeados de Elon Musk de Tesla, Mark Zuckerberg de Meta, Jeff Bezos de Amazon, Tim Cook de Apple, Sundar Pichai de Alphabet, Sam Altman de OpenAI, Peter Thiel de Palantier, —todos multimillonarios del tecnocapital, algunos de los cuales han estrechado lazos con el Pentágono y la industria militar tanatológica.
*Universidad Autónoma Metropolitana





