Activistas alertaron sobre un desplazamiento que ya expulsó al 13% de los residentes del Centro Histórico en la Ciudad de Oaxaca y encareció la vivienda hasta costar 83 años de un salario promedio, mientras los complejos turísticos consumen hasta cuatro veces más agua que las familias locales.

Texto y fotografías: Giselle Velasco Matías / @arlette_giselle

Ciudad de Oaxaca, 16 de julio de 2026.- El pasado 16 de julio, diversas organizaciones sociales y colectivos vecinales marcharon en el centro histórico de la capital oaxaqueña para exigir una regulación al turismo masivo y frenar el desplazamiento habitacional. Argumentaron que el actual modelo de desarrollo económico mercantiliza su cultura y precariza el acceso a servicios básicos como el agua.

La movilización, convocada bajo el formato de “Marcha-Convite”, partió a las 4:30 p.m. desde las inmediaciones del Mercado Benito Juárez en la calle Flores Magón del centro capitalino, como parte de la campaña “Oaxaca Ocupada. No llegamos, ya estábamos aquí”.

Decenas de jóvenes y adultos recorrieron las calles de la ciudad acompañados por música de banda, marmotas y monos de calenda tradicionales. A la par de la algarabía, los manifestantes portaban pancartas con gráfica política y consignas como “Oaxaca es mi casa, no tu mercancía” y “Oaxaca no se vende, se defiende”.

“Me gustaría habitar la ciudad sin la necesidad de ser observada, principalmente, porque ahora no puedes hacer nada sin que haya la lente de una cámara, de un celular o simplemente la vista de un extranjero que te está cosificando y que está exotizando nuestra forma de vida”, mencionó Karina, una de las asistentes.

Durante el trayecto, un grupo de personas sostuvo una manta en representación de los ríos Atoyac, Salado y San Felipe para visibilizar los años de contaminación y la falta de una gestión equitativa del agua en la entidad.

“En la Oaxaca de nuestros sueños, el agua no nos llega cada 70 días”, mencionaron durante el recorrido.

Al llegar a la explanada de la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, los contingentes dieron lectura a un pronunciamiento basado en el informe de un año de investigación colectiva y trabajo etnográfico titulado “Oaxaca Ocupada. No llegamos, ya estábamos aquí”.

El documento destaca que en la última década el turismo pasó de aportar el 8.5% al 10% del PIB estatal, un crecimiento que contrasta con la persistencia de la pobreza y la pérdida del 13% de la población residente en el Centro Histórico entre 2010 y 2021 debido a la proliferación de alojamientos de corta estancia.

Asimismo, el informe detalla el impacto inmobiliario y social de la gentrificación en la capital, puesto que actualmente, adquirir una vivienda en el centro de la ciudad equivale a invertir hasta 83 años de salario promedio estatal.

De igual manera, las organizaciones convocantes denunciaron una disparidad crítica en el acceso al agua corriente, ya que mientras las familias locales deben costear pipas de agua para subsistir ante desabastos que se prolongan de 70 a 90 días, los complejos turísticos de alto poder adquisitivo consumen hasta cuatro veces más líquido que un residente local.

Los participantes manifestaron su rechazo a la exclusión de los habitantes originarios en festividades clave como la Guelaguetza. “La Guelaguetza se queda cada vez más sin oaxaqueños porque los que pueden pagar un asiento son los mismos que se benefician del extractivismo en nuestra ciudad. No queremos ser un espectáculo folclórico ni que se exotice nuestra forma de vida. No estamos en contra del turismo, exigimos una regulación”, señaló con megáfono en mano, Flor Ventura, integrante del colectivo Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común.

Finalmente, los colectivos convocantes, entre los que figuran Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común, EDUCA A.C., el Colectivo Vecinal de la Colonia Reforma y Consorcio Oaxaca, recalcaron la importancia de utilizar el formato de Marcha-Convite para reapropiarse de sus tradiciones.

Paola Flores, periodista e integrante de Miscelánea Oaxaqueña de Acción Común, concluyó que la movilización buscó reivindicar la fiesta como un espacio de resistencia para hacer comunidad.

“Podemos defender y resistir, pero también disfrutar de la música y el baile que son nuestros, y no simplemente dejarlos ahí para que nos exhiban como mercancía”, puntualizó.

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